Lugar: La última casa de Luca Prodan (Alsina 451).
En la madrugada del 22 de diciembre de 1987 murió Luca Prodan en una
pequeña pieza del segundo piso de un conventillo de Monserrat (para algunos, el extremo norte de San Telmo). Tenía 34 años y
vivía con una austeridad (un puñado de objetos, entre los que estaba un walkman
como único dispositivo para escuchar música) que estaba a años luz de la vida
de ciertas nuevas luminarias del rock, a las que despreciaba. Murió en una
habitación que alquilaba en la misma casona su novia, Silvia Ceriani (a la que
le dedicó “Brilla tu luz sobre mí”, que está en Fiebre, el disco póstumo de Sumo).
En la madrugada del 22 de diciembre de 1987 murió Luca Prodan en una
pequeña pieza del segundo piso de un conventillo de Monserrat (para algunos, el extremo norte de San Telmo). Tenía 34 años y
vivía con una austeridad (un puñado de objetos, entre los que estaba un walkman
como único dispositivo para escuchar música) que estaba a años luz de la vida
de ciertas nuevas luminarias del rock, a las que despreciaba. Murió en una
habitación que alquilaba en la misma casona su novia, Silvia Ceriani (a la que
le dedicó “Brilla tu luz sobre mí”, que está en Fiebre, el disco póstumo de Sumo).
"Él tenía planes de dejar de tomar, pero no pudo. Yo estaba con él
cuando pasó todo. Fue un desastre. Sus amigos después me dijeron que yo era la
única persona que parecía no darse cuenta de que él estaba de última. Se murió
en mi cama. Era de tarde, de noche o algo así", le dijo Silvia alguna vez
al diario Clarín. Pese a la austeridad, Luca estaba contento en la casona.
Había un ambiente bohemio y comunitario, con artistas de distintas disciplinas.
Se sentía acompañado.
La muerte del líder de Sumo pasó bastante desapercibida por fuera del
mundillo del rock. Nadie hubiera previsto que poco a poco se iría convirtiendo
en una leyenda, en el ícono más fuerte de la contracultura rockera de los 80.
Dos décadas después, la casa fue reabierta con el nombre Lo de Luca como un
espacio cultural y restaurante. Entre una fecha y otra, cada vez más grafitis
habían jurado que Luca no había muerto. Tenían razón.



